sábado, 28 de noviembre de 2015

Atardeceres de medio día.

Ya no puedo dormir con los pies fuera de la cama, no vaya a ser que venga tu recuerdo y se acueste con la nostalgia. Los tres no entramos en tu hueco, por mucho que lo intentemos. El corazón se me ha dado de sí de tanto abrazarnos. Para qué taparme la cara si es el pecho lo que me duele. He llegado al punto en el que dudo hasta de mis propias certezas. He olvidado mi nombre y me he quedado con la corteza del árbol donde grabé tu historia. Que los domingos son los días oficiales de echar de menos lo sabemos todos, pero de salir de ti aún no tenemos ni la menor idea. La montaña rusa que era tu espalda ha pasado ahora a ser mi vida. Nadie avisa de lo que duele soñar a veces, tampoco de lo que duele no hacerlo. ¿Con qué sueñan los que no tienen miedo? Me inventé un 'tal vez' para poder cerrar los ojos sin sentir vértigo. He llorado en tantos pechos que el mundo entero se ha quedado sin rímel. Le he puesto un cascabel a mis miedos, no vaya ser que aprenda a vivir sin ellos. Deja la luz de la mesilla encendida, por si acaso. Se ha quedado tu olor en el cenicero de todos los cigarrillos que no he encendido. He puesto un cartel de busca y captura por toda mi casa; si alguien me encuentra, que me avise, que yo ya me doy por perdida. Me hice cenizas, soplaste y se perdieron hasta las flores. Creo que debería decirle a mi corazón que me voy, que así no podemos seguir. Ven, vuelve, que te voy a sonreír como no te han sonreído nunca. Apunta. Dispara.


Si me preguntas que por qué tanta incoherencia, te diré que después de ti, la coherencia puede irse a la mierda.

martes, 29 de septiembre de 2015

Mapa del tesoro.

Mirar por la ventanilla, tender los besos al sol de tu pelo, atarme a tu boca para respirar, tararear canciones que aún no has compuesto, escribirte una declaración de amor. Parece fácil, ¿verdad? Pero no soy capaz, no lo consigo; yo, que entregué mi supervivencia a la poesía en una decepción cualquiera, yo, que soy más de deshojarme el corazón que las margaritas. Qué quieres que te diga, que ya no me gusta garabatear si no es tu nombre rodeado de corazones, a lo adolescente embelesada. Dime cómo lo hago. Dime cómo les hablo sobre tu espalda, esa misma que es mi ruina y mi caos. Dime cómo explico que ya he perdido cien mil trenes por verte (y a vosotros os juro y os perjuro que perdería cien mil más) y que a pesar de todo no he perdido la razón. Dime cómo te nombro, a ti, que me hiciste mar, ola, brisa, marea y amanecer en medio minuto; que eres capaz de hacerme sentir el arpegio tembloroso de una melodía inacabada con sólo mirarme un jueves por la noche en una ciudad perdida. Dime cómo revelo que siempre existen dos caras en el mismo silencio pero que ninguno es incómodo si es en tu coche. Dime cómo confieso que quiero ser la bailarina de tu caja de música, que quiero que compongas pentagramas con mis lunares como corcheas.

¿Cómo? ¿Cómo les digo que estoy enamorada de ti?

Hasta las cachas,
las trencas,
las trancas,
o hasta donde tú quieras,
amor.



jueves, 21 de mayo de 2015

Día 16.


Nunca te besé un día 16. Lo sé porque tengo todos tus besos marcados en el calendario, lo sé porque tengo una cicatriz por cada uno de ellos. Tengo tendencia a llegar tarde a todas partes, incluso a ti. O tal vez fue al revés, no lo tengo claro. Nunca te quise, es cierto, pero sí te eché de menos. Que vengan los expertos de pacotilla y me digan qué duele más.
Nunca llegamos a tener rutina ni horarios, yo me pasaba las horas mirando el buzón de entrada y tú saliendo por la puerta de atrás. Tu profundidad favorita era la de mi garganta y no la que hay bajo mis costillas. No fuiste capaz de soñar con la canción que formaban mis pestañas, tu única fijación eran mis ojos oscuros y los pantalones que me hacían ese culo. Lo nuestro se quedó a medias tintas y las mías siempre rotas en el sofá. Yo, en cambio, me quedo con tu recuerdo mal apagado en el cenicero.


Te he dejado el corazón en el buzón, no abras, que soy yo.




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