jueves 15 de marzo de 2012

Cereza.

Podría contarte que me he quedado sin palabras, que hace tiempo que las musas no me visitan porque hace ya años que no me llegan tus letras, que la historia no está escrita, que tengo miedo, tu recuerdo se comienza a evaporar, que hace tiempo me di cuenta de que nunca volverás, que tus besos han desaparecido de mis labios, que las lágrimas sólo caen en noches como ésta, que eres mi amor imposible, que a penas queda tequila, que ya no soy una niña, que el azul de tus ojos se comienza a difuminar, que por miedo se perdió el amor, que ya no creo en cuentos de hadas, que no espero que vuelvas otro veintiuno de marzo, que ya nunca me pinto los labios de rojo, que no he vuelto a escuchar nuestra canción, que no le ruego a la luna que vuelvas a aparecer, que no escribo mensajes en botellas de cristal por si me vuelves a leer, que ya no me subo a 10 centímetros para sentirme segura, que me siento perdida, que sigo soñando con ir a Estambul, que todavía salgo corriendo cuando no sé qué hacer, que tu foto ya no va en mi cartera, que ya no temo al lobo feroz, que sigo contemplando los coches en las madrugadas de verano, que hace tiempo que dejé los acantilados, que sé que jamás habrá una historia como la nuestra... Podría contarte todas estas cosas y más, como que todavía no me he sacado el carnet de conducir, pero sólo soy capaz de decir: "Fall for me once more".

domingo 4 de marzo de 2012

Virutas.

Las notas procedentes del viejo tocadiscos salían pausadas, sin prisa, como quien se despereza en una mañana de frío. La lámpara de pie del salón estaba encendida, y la manta arrugada sin muchos miramientos sobre el sofá. Las hojas de un viejo libro escrito en francés estaban abiertas en la página veintitrés mientras que las gotas de agua replicaban en el cristal de la ventana.


Tap, tap, tap.


Carlota les prestaba poca atención, estaba demasiado ocupada mirando cómo el helado de chocolate que tenía entre sus piernas se derretía cada vez que metía la cuchara. Estaba tan absorta en aquel delicioso manjar que no escuchó el ruido de la puerta al abrirse, ni tampoco se percató en los ojos azules que la avizoraban sentada en la encimera de la cocina. Le gustaba sentarse allí y esperar a que él llegase del trabajo todas las tardes, sonreír al verle entrar y ser recompensada con un beso. Aquel día ni si quiera hizo falta que levantase la mirada para recibir su beso.
-No me gusta que llueva.-Murmuró Carlota con los labios aún manchados de chocolate.-No puedo salir a pasear por la playa...-Javier la besó de nuevo, machándose él también.
-Pero en cambio, a mi, los días de lluvia siempre me recordarán a ti.


El chico se separó de la encimera y salió de la cocina camino a la habitación. Pocos segundos después, ella le siguió con sigilo, sin hacer ruido con sus pies descalzos, mientras observaba como él se desvestía, recordándole a todas esas veces que él esperaba apoyado en el marco de la puerta a que ella hiciera todo lo contrario.
Hacía tiempo que Javier y ella vivían juntos, un par de meses después de que se enterase de la noticia de que tendrían su propio milagro. Julia no había dicho nada tras su marcha, pero el escritor sabía que había sido un duro golpe para ella. No solo se iba con una chica mucho más joven, sino que ella iba a darle lo que Julia siempre más había anhelado. Pero era fuerte y se sobrepondría, y él siempre estaría pendiente de ella, se lo había prometido el día que se besaron por primera vez.


Javier alzó la mirada y se encontró con su pequeña caperucita observándole con ojos de gata, vestida con una sudadera de él y con el pelo despeinado colocado detrás de las orejas. Se preguntó qué hubiera hecho si aquella muchacha de labios coral no se hubiese colado en su vida. Seguramente, estaría encerrado en cualquier bar de mala muerte buscando líneas de una historia que no le pertenecía. Era el momento de continuar con su historia.
Hacía días que las palabras no fluían, que estaban atascadas en una tormenta peor que la que había fuera. Sólo ella era la única capaz de devolverselas, y Carlota lo sabía. Sabía que él necesitaba volver a escribir tanto como respirar, por ello, le ofreció una pizca de su numen.


-Te regalaré un beso por cada línea que escribas.
Y desapareció de nuevo en busca de su helado.

martes 21 de febrero de 2012

Estoy dormida, ¿verdad?

Le vi a lo lejos, buscando algo con la mirada, algo a lo que aferrarse por el resto de sus días. Era un lobo viejo sin palabras, y yo la única que podía devolverle las historias. Ni si quiera Julia, la que había sido la mujer de su vida, podía ayudarle ahora. Ya no se querían. Eran dos extraños que compartían un amor apagado hace muchos años, los recuerdos les mantenían juntos, los recuerdos y la confianza. Se conocían demasiado bien como para hacerse daño; Javier sólo quería ver a Julia sonreír de nuevo, y Julia sólo quería olvidar el dolor de no haber podido cumplir su sueño.



A veces, me acercaba al hospital solamente para ver de lejos a Julia, ver cómo todos la felicitaban tras una dura operación, o cómo los niños la sonreían sin miedo. Sentía envidia. Envidia porque yo no era más que un intento de pintora que hacía años luz que no tocaba un lienzo. Una niña que vivía sola gracias a la herencia de su abuela y que ni si quiera podía mantener una conversación tranquila con su madre. En cambio Julia era lo que yo siempre había querido ser, una mujer fuerte, inteligente, y con un brillante futuro. Aunque lo que no supe hasta años más tarde, es que Julia y yo compartíamos un defecto, lo cabezota que eramos; ninguna de las dos dejaba que otra persona les ayudase.



Buceé de entre mis pensamientos y volví a mirar a Javier, quien todavía no me había encontrado. Me encantaba verle así, nadando en el mar con su mirada del mismo color, con las pecas brillándole al sol como si fueran centellas; centellas que me reclamaban para que no pudiese dejar de mirarle. Reí para mi; como siempre, iba totalmente despeinado, sin importarle un mínimo cómo caía, excepto cuando en un brote de inconformismo, se lo desaliñaba con las manos para evitar que le nublase la vista.



No pude esperar más y dejé libre a Sparkle, quien corrió a morder las zapatillas de Javier, su deporte favorito. Nuestras miradas se cruzaron y ambos estallamos en dos fuertes carcajadas.
Javier caminó hacia mi con las manos en los bolsillos, con el westie saltando a su alrededor, pero sin desprender su mirada de la mía. Sus ojos eran los culpables de la especie de juego que nos traíamos, el de buscarse y perderse, el de buscarse y encontrarse. Cuando se sentó, tuve un deja-vú, recordé sus brazos torneados por el sol mientras hacíamos el amor en el acantilado, sus labios buscando ferozmente los mios y sus ojos cerrado por la cercanía del clímax. En aquel momento deseé que me tomase allí mismo, sin prisa, solo con las ganas que nos teníamos. Carraspeó.



-Caperucita, caperucita... He estado escribiendo.
-¿Ah si?
-Sí, sobre ti. Sobre tu manera de caminar, sobre tus piernas largas y tus faldas cortas.
-Quiero leerlo.
-No puedes.
-¿Por qué? Eso es injusto. Si soy tu musa debería poder leer lo que escribes sobre .
-Cuando lo termine.
-¿Y cuando lo termines qué pasará? ¿Será el fin de nuestra historia?-Me mordí el labio nerviosa, no había pensado en que pudiese terminar. No sabía ni cuántas páginas tendría el libro ni cuánto me necesitaría, a fin de cuentas, él era un escritor profesional, no un chiquillo que juega a escribir líneas inconexas.
-Ya no podría olvidarte aunque quisiera, Carlota. Tienes algo, niña.
-Yhfjsk...-Hinché los carrillos, sin darme cuenta de que era precisamente esto lo que me hacía parecer una cría a su lado.-Yo no soy una niña, Javier.



Le desafié con la mirada. Mis ojos de gata relucieron ante él, mostrando que podía jugar, que era una mujer. Él se rió, suave, delicado, como si no quisiese que el mar, a escasos metros, le escuchase. Acto seguido, tomó mi rostro entre sus grandes manos, hipnotizado, guió su rostro al mio, quedándonos cerca, peligrosamente cerca.



-Sé que no eres una niña, princesa, pero me gusta esa inocencia que desprendes.



Y me besó, sin esperar a que yo cerrase los ojos, disfrutando de lo mucho que le gustaba besarme.

jueves 9 de febrero de 2012

Étincelles.


Hacía mucho tiempo que Carlota no se permitía llorar, ni siquiera los domingos grises en los que hacía frío y las olas eran mayores que ella. Se tragaba las lágrimas y se lanzaba a la profundidad del océano sin siquiera pensar en qué estaba haciendo. Estaba acostumbrada. El agua no era más que un amigo que a veces apretaba demasiado fuerte, mas ella sabía que ese dolor no era nada comparado con el que sentía dentro. Pero aquél día, el mar no podía ser su salvavidas. Ya no podía ser una niñata irresponsable, ahora tenía que luchar por las dos. Porque estaban solas y nadie iría a ayudarlas.



Hacía días que no sabía nada de él, ni un mensaje en el buzón, ni un email, ni una maldita llamada al móvil. Le había buscado como una loca por todos los rincones del pueblo, había acudido a todos los bares que solía frecuentar, había preguntado al cielo dónde estaba y nadie había respondido. Ni siquiera Dios era tan benevolente como para permitir que se encontrasen de nuevo. Ni un último adiós. Lo entendía, una parte de su cabeza comprendía aquella situación. Todo había sido un juego. Una aventura de un hombre casado para recuperar la juventud y poder escribir de nuevo las historias que perdió gracias a una chiquilla que fingía ser mayor.



Había sido una ilusa pensando que él se pudiese enamorar de ella, que aquella mirada cuando la sacó del agua se había quedado en su memoria impidiendo que la olvidara. Pero era todo mentira. "Tú nunca ganas, Carlota." Cuántas veces le había escuchado a su madre aquella frase, cuántas veces la había escrito en un cuaderno para enfrentarse a ella cuando ya nadie le gritase, cuántas veces se había prometido que no se volvería a enamorar. Aquella vez había sido aún peor, porque ahora, tendría que enfrentarse a su recuerdo cada vez que mirase los ojos azules de la niña.

miércoles 25 de enero de 2012

Tiptoes.

Él la observaba desde el marco de la puerta, llevaba más de una hora sentada en el tocador arreglándose para la cena, aquella noche iba a ser una noche especial en el faro. Ambos saldrían a cenar y después a pasear por la playa, quizás como una noche normal y corriente como otra, pero en el ambiente se notaba que aquella noche tendría algo distinto. El aire tenía cierto olor dulzón, a azmizcle mezclado con jazmín. Se notaba la magia en el ambiente.

La ropa de ella estaba estirada sobre aquella colcha bordada a mano mucho tiempo atrás. Había un vestido azul cielo con brillantes turquesa, un pañuelo blanco, y, a los pies de la cama, unas sandalias del mismo turquesa con unos cierres metálicos. Aquella noche había decidido cambiar su rojo de siempre por un azul, aquella noche no quería ser una tigresa como era siempre, sino quería disfrutar del amor. Porque aquello, señoras y señores, era puro amor.


Él ya estaba vestido (como siempre) y se dedicaba a contemplar a su Caperucita mientras se maquillaba. Un delineador estaba colocado entre sus dedos y se deslizaba con suavidad sobre su párpado derecho mientras ella hacía una mueca con la boca abierta. Él se rió, cómo le gustaba aquellos gestos de inocencia que mostraba sin darse cuenta, en el fondo, todavía era una niña encerrada en el cuerpo de una mujer. Una sombra de ojos siguió al lápiz, y al lápiz unas pestañas postizas para dar más volumen a las suyas. Rimel, colorete... Y su parte favorita, los labios. Esta vez se decantó por un rosa con ligeros toques fuscia, aunque poco le duraría puesto, de eso estoy segura.

Ella le miró a él a través del espejo mientras acercaba un pincel a sus labios. Observó su hermosa sonrisa, blanca, recta, con unos dientes como perlas, unas encías coral y unos labios perfectos para besar. Ascendió su mirada a los ojos. Aquellos ojos azules... Tenían un fondo de color azul humo con motas lapislázuli desaparramas sobre el íris. Podían desprender pasión, cariño, complicidad, miedo, felicidad... pero también frialdad. Ella lo sabía muy bien. Sabía que tanto el fuego como el hielo quemaban, y ellos dos eran así, fuego y hielo. Continuó deslizando el pincel sobre sus labios dirigiéndole una mirada seductora mientras él le reía las gracias.

-¿Qué pasa? ¿Quieres que te pinte a ti también los labios?

-¿Por qué no me los pintas con tu boca?


Ella se levantó del tocador y se acercó a la puerta, donde él estaba. Iba vestida únicamente con un conjunto de ropa interior blanco de encaje, pero aquello no pareció importarle... al menos, no a ella. Porque él sí que se había fijado en la manera que el sujetador alzaba sus pechos, o el culotte se marcaba en sus nalgas. Con cuidado, se puso de puntillas y se acercó a sus labios, a excasos milímetros de rozarse. Se miraron a los ojos. Los de él naturales y los de ella marcados por una nube de polvo regaliz sobre la línea de sus pestañas. Atraídos como dos polos, comenzaron a besarse. Al principio con delicadeza, pero más tarde con pasión. Estaba claro que la cena podía esperar...